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«A mi padre, que lo sabía todo pero no tuvo tiempo de explicármelo».

Dedicatoria de Xavier G. Luque en El caso Di Stéfano.

Advertencia previa al lector: lea primero los siete escáneres

Los documentos de archivo reproducidos en este artículo proceden de un Archivo de la Generalidad de Cataluña. Antes de entrar en el comentario, conviene leer íntegramente los siete documentos que sostienen este artículo. No son un adorno ni una sucesión de estampas antiguas: constituyen la prueba que permite comparar lo que Xavier G. Luque publicó en La Vanguardia con el expediente electoral conservado.

Artículo de Xavier G. Luque, «Ni las primeras, ni tan democráticas», La Vanguardia, 17 de enero de 2021

Artículo de Xavier G. Luque, «Ni las primeras, ni tan democráticas», La Vanguardia, 17 de enero de 2021

Federación Castellana de Fútbol a la Federación Catalana: explicación del dispositivo electoral utilizado en el Atlético de Madrid, 3 de noviembre de 1953, primera página.

Continuación de la comunicación anterior: escrutinio, actas, intervención notarial y remisión del resultado.

Club Atlético de Madrid: circular electoral para la elección entre Cesáreo Galíndez y Luis Benítez de Lugo, primera página.

Circular del Atlético de Madrid, segunda página: secciones, urnas, papeletas y secreto del voto.

Circular del Atlético de Madrid, tercera página: presidencia federativa, interventores y servicio de información electoral.

FC Barcelona: «Elecciones de presidente. Normas para la votación», 14 de noviembre de 1953.

1. Un acontecimiento que exige serenidad

Quien conozca SALTATAULELLS sabe que Xavier G. Luque no suele comparecer en estas páginas como testigo de la defensa. Su obra sobre el caso Di Stéfano, sus selecciones documentales y algunas de sus afirmaciones acerca del franquismo, el FC Barcelona y el Real Madrid han sido examinadas aquí con una insistencia que roza ya la persecución bibliográfica. No personal: documental. No se discute al hombre, sino el método; no se juzga su afecto por el Barcelona, sino lo que hace con las pruebas cuando ese afecto entra en el laboratorio de la historia.

Por eso el artículo publicado en La Vanguardia el 17 de enero de 2021 produce una impresión difícil de describir sin acudir a la antropología comparada. Imaginemos al chamán de una tribu que durante años ha señalado el norte mirando hacia el sur, ha explicado los eclipses mediante la intervención del enemigo y ha atribuido cada derrota propia a una conspiración de la aldea vecina. Un día, quizá por cansancio de los espíritus o por una momentánea alineación de los archivos, el mismo chamán levanta la vista, consulta el cielo y anuncia exactamente la hora. La tribu desconfía. Comprueba el reloj. Vuelve a comprobarlo. Y descubre, con estupor, que esta vez el oficiante no ha añadido humo, no ha escondido la luna y no ha culpado a Madrid del movimiento de los astros.

No hace falta buscar un personaje histórico catalán al que cargar con esta comparación. Sería injusto convertir a una figura real en caricatura para resolver una metáfora. Basta el chamán literario: guardián de la memoria de la tribu, respetado por quienes desean oír una narración tranquilizadora y, excepcionalmente, capaz de abandonar el mito para describir los hechos. En este artículo, Xavier G. Luque hace precisamente eso. Y SALTATAULELLS, que no acostumbra a regalar certificados de exactitud, debe reconocerlo sin reservas sustanciales.

2. La dedicatoria y la excepción

En El caso Di Stéfano, Luque dedicó el libro a su padre, «que lo sabía todo pero no tuvo tiempo de explicármelo». La frase es hermosa y, leída después de tantos años de controversia, admite una apostilla inevitable: en esta ocasión debió de haber tiempo para explicárselo bien. O quizá fue el propio archivo quien ocupó la silla del padre y terminó la lección pendiente.

Sin embargo, a juzgar por la exactitud con que reconstruye las elecciones de 1953, en este asunto concreto su padre sí debió de tener tiempo de explicárselo bien. Muy bien, además. El resultado es tan documentalmente limpio que SALTATAULELLS sólo puede lamentar que aquella conversación paterna no se prolongara hasta otros capítulos de la historia del fútbol español.

La ironía no pretende rozar el ámbito familiar. Se dirige exclusivamente al contraste entre dos maneras de escribir historia. Una consiste en partir de una convicción identitaria y buscar después los documentos que la hagan soportable. La otra comienza por la documentación, acepta sus incomodidades y permite que la conclusión perjudique incluso al club querido. En «Ni las primeras, ni tan democráticas», Luque adopta la segunda. El resultado es un artículo mucho más sólido que buena parte de la literatura celebratoria sobre las elecciones del FC Barcelona de 1953.

3. Las cinco leyendas que Luque desmonta

Primera leyenda: «El Barça aprovechó un resquicio legal»

Luque recuerda que no hubo una ocurrencia barcelonista ni una ventana abierta exclusivamente para el club. En abril de 1952 la Federación Española aplicó una disposición de la Delegación Nacional de Deportes que ordenaba renovar las directivas de los clubes de Primera antes del 30 de junio. Se permitía votar a los socios varones con la antigüedad exigida, se excluía a mujeres y socios infantiles y se reservaba a la estructura federativa la validación de las candidaturas. El marco, por tanto, era general, tutelado y muy distante del sufragio universal que posteriormente se ha querido conmemorar.

Segunda leyenda: «El Barça fue el pionero de la democratización electoral»

Tampoco. La norma afectó a los clubes de Primera División y produjo movimientos electorales en varios de ellos. El hecho de que muchas candidaturas se retiraran o no superaran el filtro no convierte al Barcelona en inventor de un procedimiento que venía impuesto desde arriba. El mérito histórico puede discutirse; la primogenitura, no.

Tercera leyenda: «Hubo elecciones democráticas en el Barcelona antes de 1953»

Luque explica el episodio de 1952: Enric Martí Carreto y Esteve Felip Ferrer-Fàbrega aparecieron como aspirantes, pero las firmas de este último fueron rechazadas por no reunir los requisitos exigidos. Sin rival proclamado, Martí quedó como vencedor sin votación. La palabra “elección” no puede utilizarse como sinónimo automático de “competencia electoral”.

Cuarta leyenda: «Nadie votó antes que el Barcelona»

El Atlético de Madrid y el Sevilla ya habían celebrado votaciones en junio de 1952. Esta afirmación, central en el artículo, queda además reforzada por los documentos de archivo aportados ahora. La Federación Castellana no sólo había organizado una elección real en el Atlético, sino que en noviembre de 1953 explicó a la Federación Catalana cómo lo había hecho, con el propósito evidente de ofrecer un modelo operativo para el proceso barcelonista.

Quinta leyenda: «Las de Miró-Sans fueron las primeras elecciones democráticas»

Luque reserva aquí el golpe más duro a la mitología azulgrana. El sistema permitió que una persona acudiera con un fajo de carnés y emitiera un voto por cada uno. No era imprescindible la comparecencia personal del titular. El procedimiento podía estar formalmente admitido, pero destruía la esencia individual del sufragio y abría un espacio inmenso a la captación de carnés, la suplantación y la imposibilidad de comprobar la voluntad efectiva de cada socio.

4. El archivo completa la escena: Madrid explicó a Barcelona cómo votar

La documentación de archivo añade una pieza de extraordinario interés.

El detalle es importante por lo que dice y por lo que desmiente. Dice que la experiencia madrileña era anterior, concreta y suficientemente consolidada como para ser ofrecida como referencia. Desmiente la imagen de un Barcelona que, aislado en un régimen monolítico, descubre por sí solo una grieta democrática y enseña después al resto del país el camino de las urnas. En este caso ocurrió algo mucho menos épico y mucho más administrativo: desde Madrid se remitió a Barcelona un procedimiento ya utilizado.

La carta describe un censo de 44.400 socios dividido en cuatro secciones y doce urnas; la elección del Frontón Recoletos como recinto; la distribución de los votantes por numeración de socio; la exigencia del carné y recibo; la presencia de funcionarios federativos y apoderados de las dos candidaturas; el desalojo de la cancha antes del escrutinio; la confección de actas por mesa; la intervención de un notario; y la firma final del resultado por los candidatos. Se trataba de un dispositivo intensamente controlado, burocrático y vigilado, no de una asamblea espontánea de socios emancipados.

La circular del Atlético confirma otros extremos: sólo votaban los socios masculinos mayores de veintiún años que reunían la antigüedad requerida; las listas podían revisarse antes de quedar firmes; el votante debía acreditar identidad y condición de asociado; las papeletas se entregaban en el propio local; el voto se declaraba secreto; y cada candidato podía enviar un representante a las mesas. La organización buscaba impedir precisamente aquello que después convirtió las elecciones barcelonistas en un monumento al carné ambulante: que el voto se separase físicamente de la persona del socio.

4.1. Las reglas de Madrid y Barcelona: semejanza formal, diferencia decisiva

La norma tercera de las elecciones del FC Barcelona establece literalmente: «Para emitir el voto bastará la presentación del carnet vigente de asociado, como documento único e indispensable, el cual será estampillado en el momento de su utilización». Esta literalidad permite realizar una comparación que ya no depende de recuerdos, interpretaciones ni reconstrucciones posteriores. En lo fundamental, Barcelona siguió el mismo molde administrativo que había utilizado el Atlético de Madrid: censo cerrado por antigüedad y número de socio, exclusión de mujeres y categorías infantiles, división del electorado en secciones, papeletas facilitadas en el local, voto secreto, presidencia de la federación regional y presencia de representantes de ambos candidatos. No hubo, por tanto, una creación electoral específicamente barcelonista. Hubo una adaptación catalana de un procedimiento general cuya experiencia madrileña había sido remitida expresamente como antecedente.

La diferencia crucial aparece en la identificación del votante. La circular atlética ordenaba que «todos los señores votantes deberán ir provistos del carnet respectivo y el recibo del mes de junio o la tarjeta de pago de cuota anual». Además, la Federación Castellana explica que en cada puerta un empleado exigía «la presentación del carnet de socio con el recibo corriente». La redacción contempla al votante como una persona que comparece, porta sus propios documentos y puede acreditar su identidad y condición de asociado. Las normas del Barcelona, por el contrario, establecían que «para emitir el voto bastará la presentación del carnet vigente de asociado, como documento único e indispensable», el cual sería estampillado al utilizarse. No exigían expresamente la presencia personal del titular, ni el recibo de cuota, ni otro documento que vinculara físicamente al portador con el socio inscrito.

Ahí se encuentra, escrita por el propio FC Barcelona, la rendija por la que entraron los fajos de carnés. El estampillado impedía que un mismo carné fuera utilizado dos veces, pero no impedía que una misma persona presentara sucesivamente carnés pertenecientes a distintos socios. La garantía protegía al documento contra la repetición; no protegía al socio contra la sustitución. En Madrid, la suma de carné, recibo corriente y comprobación personal hacía mucho más difícil separar el voto de su titular. En Barcelona, el carné quedó convertido prácticamente en un título al portador. La diferencia parece mínima en una circular; en una elección decidida por sólo 301 votos, podía resultar gigantesca.

La nueva fuente confirma así la tesis central de Xavier G. Luque y permite afinarla todavía más. La anomalía no fue necesariamente una infracción clandestina contra unas reglas impecables: estaba incubada en la propia norma. Los organizadores podían afirmar que cada carné sólo votaba una vez; no podían garantizar que cada titular hubiera acudido, entregado personalmente su papeleta o autorizado el sentido del voto depositado en su nombre. La urna contaba carnés estampillados. Una elección verdaderamente personal habría debido contar voluntades acreditadas.

5. Democracia vigilada no equivale a democracia plena

El acierto de Luque no consiste en presentar el franquismo como una democracia deportiva. Hace lo contrario: rebaja el lenguaje triunfalista sin sustituirlo por una falsedad inversa. Los procesos estaban sometidos a la Federación Española, a las federaciones regionales y, en último término, a la Delegación Nacional de Deportes. Las candidaturas podían ser examinadas ideológicamente; las mujeres no votaban; se exigía antigüedad; y el acto estaba presidido por autoridades deportivas del régimen.

La formulación correcta es, por tanto, más modesta: en 1952 y 1953 se produjeron algunos procesos de elección directa de presidentes por una parte del cuerpo social de determinados clubes, dentro de un sistema autoritario que conservaba el control previo de candidatos y reglas. Hubo urnas, competencia y escrutinio; no hubo soberanía democrática del socio en sentido contemporáneo.

Esta distinción es académicamente esencial. Permite evitar los dos relatos interesados: el que convierte cualquier votación franquista en democracia homologable, y el que presenta al Barcelona como una isla democrática única dentro de un océano donde nadie más podía votar. Los documentos no sostienen ninguno de los dos extremos.

6. El fajo de carnés: la democracia por delegación que podía dejar de ser democracia

La fotografía reproducida por La Vanguardia es demoledora: «Oficina ambulante Casajuana. Socio, si tienes carné, déjanoslo». No se oculta la operación; se anuncia. Los carnés se recogen para que otras personas voten por sus titulares. La práctica puede haber sido reglamentariamente tolerada, pero convierte el sufragio en un instrumento acumulable. Quien posee un carné dispone de un voto; quien reúne cien carnés comparece, de hecho, como cien socios.

Conviene mantener la precisión. La documentación aportada no demuestra por sí sola que votaran socios fallecidos, ni identifica un caso concreto de doble voto del mismo titular. Sí demuestra algo anterior y suficiente: el modelo barcelonista permitía emitir votos sin la presencia personal de los socios representados y, por ello, hacía muy difícil garantizar que cada papeleta expresara una voluntad individual, actual y libre.

Luque no necesita adornar la escena con muertos electorales para que resulte grave. Le basta describir el mecanismo. Y aquí vuelve a sorprender: no exagera, no atribuye a una conspiración exterior lo que nació de las propias reglas del proceso barcelonista y no absuelve al club por simpatía. Escribe contra una leyenda de su Barcelona y deja que la fotografía haga el resto.

7. ¿Por qué desapareció el sistema?

El artículo señala que en marzo de 1955 la Delegación Nacional de Deportes indicó que los nuevos procesos electorales debían ajustarse a una reglamentación antigua, anterior a 1952. Con ello, el sufragio directo regresó al cajón de las prohibiciones y se restableció el sistema de compromisarios.

La proximidad temporal permite sospechar que el desarrollo de las elecciones barcelonistas de 1953 —la recogida de carnés, el voto por delegación de hecho, las discusiones y el larguísimo recuento— influyó en la decisión. Sin embargo, un informe riguroso no debe convertir la sospecha en literalidad oficial mientras no aparezca la disposición o el expediente que declare expresamente esa causalidad.

El dictamen correcto es doble. Está probado que el sistema directo tuvo una vida breve y que en 1955 se volvió a un mecanismo restringido. Es muy probable que las anomalías visibles en Barcelona contribuyeran a desacreditarlo. No está todavía probado que la autoridad dijera, en documento expreso, que lo suprimía exclusivamente “por las trampas del Barcelona”. La diferencia entre ambas frases es la diferencia entre investigar y hacer propaganda.

8. El día en que el chamán consultó el archivo

Volvamos al chamán. Durante años, el oficio de ciertos historiadores deportivos ha consistido en proteger a la tribu: seleccionar agravios, convertir excepciones en reglas, transformar favores generales en persecuciones particulares y presentar cada documento incómodo como un accidente. El archivo, cuando se usa de ese modo, no es una fuente; es un animal domesticado.

En «Ni las primeras, ni tan democráticas», Xavier G. Luque suelta por una vez la correa. Reconoce que el Barcelona no fue el primero, que la apertura no nació de un resquicio conquistado por el club, que antes votaron socios de otras entidades, que el proceso estaba tutelado por el régimen y que la elección de 1953 aceptó una fórmula tan poco democrática como votar mediante fajos de carnés ajenos.

El resultado merece una felicitación sin insultos y con nombre completo: Xavier G. Luque ha escrito un magnífico artículo. No porque favorezca las tesis de SALTATAULELLS, sino porque soporta la confrontación con la documentación. Este reconocimiento no borra las críticas formuladas a otros trabajos ni concede una amnistía historiográfica general. Significa algo más sencillo y más serio: cuando un autor acierta, incluso el crítico más severo tiene la obligación de decirlo.

Quizá la moraleja sea la que sugiere la dedicatoria paterna. Nunca es tarde para que alguien termine de explicarnos lo que creíamos saber. En 2021, al menos durante una página de La Vanguardia, el archivo se lo explicó muy bien a Xavier G. Luque. Y esta vez él tuvo tiempo de escucharlo.

9. Dictamen documental

PROBADO. Las elecciones del FC Barcelona de noviembre de 1953 no fueron las primeras votaciones presidenciales directas celebradas por socios de un club de Primera División durante aquel ciclo electoral.

PROBADO. El Atlético de Madrid había organizado anteriormente un proceso con dos candidatos, identificación personal, censo dividido por urnas, interventores, actas y supervisión federativa y notarial.

PROBADO. La Federación Castellana remitió en noviembre de 1953 a la Federación Catalana una explicación detallada del modelo aplicado en Madrid.

PROBADO. El régimen electoral de 1952-1953 no fue sufragio universal: excluía a mujeres y a determinadas categorías de socios y mantenía filtros federativos y políticos.

PROBADO. Las normas barcelonistas declaraban suficiente la presentación del carné vigente como documento único, sin exigir expresamente la comparecencia personal del titular; la práctica pública de recogida de carnés permitió el voto mediante documentos de otros socios.

NO DEMOSTRADO TODAVÍA. Que se utilizaran concretamente carnés de socios fallecidos o que pueda identificarse documentalmente a un titular que votara dos veces.

MUY PROBABLE, PERO PENDIENTE DE LA DISPOSICIÓN DECISIVA. Que las anomalías del proceso barcelonista influyeran en la supresión posterior del sufragio directo y en la vuelta a los compromisarios.

DICTAMEN SOBRE EL ARTÍCULO. El trabajo de Xavier G. Luque es sólido, desmitificador y excepcionalmente honrado respecto de su propio club. La norma electoral barcelonista incorporada al expediente no lo desmiente: aporta la regla escrita que explica el mecanismo denunciado por el artículo y, en lo esencial, lo confirma y lo refuerza.

10. Editorial de SALTATAULELLS: el cartel que se escapó del relato

Hay documentos que contradicen una tesis con un expediente entero. Otros necesitan una sola línea. En este caso, Xavier G. Luque coloca en el centro de su propia página una fotografía cuya fuerza probatoria quizá no calculó del todo: sobre una furgoneta situada en la vía pública aparece un gran cartel electoral escrito en catalán. Se lee con claridad «Oficina ambulant Casajuana» y, debajo, una llamada al socio que comienza «Soci, si tens…» y termina pidiéndole que deje el carné.

La ironía es difícil de mejorar. El mismo autor que en otros trabajos ha insistido en la marginación del catalán en la calle durante el franquismo reproduce, sin comentario y como prueba de su magnífico artículo, propaganda electoral barcelonista expuesta públicamente en catalán en 1953. No se trata de una nota clandestina escondida en un cajón, ni de una conversación doméstica, ni de una hoja pasada de mano en mano bajo vigilancia policial. Es un reclamo grande, visible, callejero y concebido precisamente para atraer socios.

La fotografía no demuestra, por sí sola, que el catalán gozara de plena libertad pública, administrativa o institucional en toda Cataluña. Sería tan impropio convertir una imagen en una regla absoluta como negar la imagen porque incomoda. Pero sí desmiente cualquier formulación tajante según la cual el catalán no podía aparecer públicamente en la calle barcelonesa de 1953. Allí está: impreso, exhibido y fotografiado durante una campaña electoral de uno de los clubes más representativos de España.

El chamán, absorto esta vez en contar correctamente las urnas, dejó entrar en la ceremonia a un espíritu no invitado. Mientras desmontaba cinco leyendas electorales del Barcelona, su propia fotografía desmontaba además una sexta leyenda lingüística que él no se había propuesto examinar. El cartel habla en catalán; Luque calla sobre el cartel; y precisamente ese silencio hace más elocuente la prueba.

SALTATAULELLS no necesita exagerar la conclusión. Basta con conservar la fotografía y aplicar a la cuestión lingüística el mismo método que Xavier G. Luque aplicó excepcionalmente a las elecciones: mirar lo que hay delante, separar la evidencia de la consigna y no pedir al documento que se disculpe por existir. Una vez más —y ya van dos dentro de la misma página— el archivo resulta menos obediente que la leyenda.

Fuentes utilizadas

  • Xavier G. Luque, «Ni las primeras, ni tan democráticas», La Vanguardia, 17 de enero de 2021, p. 58.
  • Federación Castellana de Fútbol, comunicación al presidente de la Federación Catalana de Fútbol sobre la organización de las elecciones del Club Atlético de Madrid, Madrid, 3 de noviembre de 1953, dos páginas.
  • Club Atlético de Madrid, «Elección de presidente», circular electoral de junio de 1952, tres páginas.
  • Club de Fútbol Barcelona, «Elecciones de presidente. Normas para la votación», 14 de noviembre de 1953.
  • Xavier G. Luque y Jordi Finestres, El caso Di Stéfano, dedicatoria de los autores.